Los Niños

Los niños estaban muy nerviosos. La bruja y la serpiente venían a vigilarlos. Eran la misma cosa; secuaces no tan malvados de un monstruo al que temían enfrentarse.

La serpiente larga y maloliente llegó para deslizarse entre los juguetes.
La bruja venía con ella, sólo dejó todos los tarros de pócimas por algunos lugares y sacó a los bichos para que buscaran el azúcar. Estos picaban al niño que poco a poco se iba sintiendo más cansado. La vista se le nublaba y no veía a su amiga Eva.

La serpiente podía tomar la forma más conveniente en cada ocasión, a veces quería estar muy cerca de la bruja, pero la mayoría de las veces salía escaldada y entonces se iba con el niño a jugar.

El pequeño hacía lo que la serpiente iba indicando con su siseo, dejando los juguetes suyos y los de su amiga rotos a su paso. Ella iba dejándolos otra vez en su sitio, los limpiaba y los arreglaba. También dejaba regalitos para que el niño los viera, y ponía sus cosas lejos de los bichos para que él siempre las encontrara.

Mientras, el niño les gritaba a todos:

“Mirad lo que he hecho

Mirad lo que hago

Mirad mis juguetes

Soy bueno

Hacedme caso”

La bruja con sus bichos envenenaba a su paso la fruta y los árboles. Cada vez que la niña quería comer, o cada vez que la niña iba a jugar, la bruja se aseguraba de que no pudiera hacerlo, a la vez que culpaba a su amigo Alex, que seguía gritando, pero Eva no le oía bien. Ella sabía perfectamente que eran los bichos los que querían envenenarlo todo, pero el niño estaba siempre hipnotizado con la serpiente y temeroso de la bruja como para poder ayudarla.

A veces, como una pausa en el juego, la niña tenía ayuda de las plantas y los síntomas del veneno cedían. A la sombra y el frescor del color verde, se olvidaba un momento del dolor, y volvía para distraer con juegos a la bruja y a la serpiente.

¿Sería tarde para el niño? La bruja también gritaba;

“Mirad mis bichos

Mirad mis tarros

Soy La Bruja,

Hacedme caso

El niño es malo”

Estaban todos muy tristes a ratos, era como si los niños hubieran hecho siempre algo malo, pero nunca sabían el qué.
Descansaron en un lugar bonito que los niños conocían, pero lejos de su casa, de su parque y de sus juguetes. Dejaron de gritar al fin, cansados. Se separaron con mucha preocupación porque la bruja sufría y la serpiente no podía ayudarla mientras siguiera rezumando humo que asfixiaba. Los niños no sabían qué hacer, intentaban portarse bien el tiempo que les quedaba para no enfadar a los monstruos del puente. A esos les temían todos. Pero Alex y Eva consiguieron esquivarlos.
El niño se quedó muy triste pensando que no pudo salvarlos a todos, y Eva usaría la ayuda de las plantas para matar al resto de bichos que la bruja había dejado aún después de su partida.

“Nunca más” se diría.
“Nunca más quiero que los bichos nos piquen”
Contenta porque el niño estuviera por fin bien, sabía que sin llegar a ser guardianes de las plantas, tampoco ella podría salvarlo.

Autor: Antropoploga

Antropóloga, aprendiz, emprendedora y escritora... me va la ironía, la crítica y la reflexión. El pensamiento único y yo no nos llevamos bien; tan pronto detecto un dogma, se me vienen falacias a la cabeza, y luego falos. Un sinvivir.

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